EL CUENTO MÁS CORTO DEL MUNDO

A mi hermano le pasan cosas extraordinarias, a mí también, pero menos, y no tan extraordinarias como las que le suceden a él. Acostumbrados como estamos a andar solos, cada uno por su lado, Jorge Arturo entró al Salón Mayor de la San Carlos cuando yo ya estaba instalado en una de las sillas del fondo. Lo vi cruzar todo el pasillo hasta las primeras filas, hasta esos lugares en los que se sentaban los académicos, otros escritores, los libreros, aquellos que le dicen “Tito”, familiarmente, a don Augusto. Por suerte no calzaba sus botas vaqueras puesto que en ese preciso momento estábamos todos escuchando las primeras palabras-alusivas-del-acto-homenaje.

Se hablaba de Monterroso, Monterroso estaba presente y parecía asustado. Se habló de lo que ustedes ya saben, de eso que ustedes saben de memoria: el cuento más corto del mundo, entre otras cosas. Nada extraordinario (el acto, digo).

Después de los últimos aplausos, los que iban preparados se pararon esperando que don Augusto les dedicara alguna de sus obras. Jorge Arturo se metió en la fila y, sin libro para firmar, tenía en la mano su libreta de taquigrafía. También él esperaba un testamento, el souvenir de esa actividad memorable. Cuando le llegó el turno Monterroso tomó la libreta y se acercó lo suficiente para decirle en un susurro cómplice “patojo, voy a escribirle el cuento más corto del mundo”.

A la salida nos saludamos con Jorge Arturo, me contó la anécdota y metió en mi mochila su libreta porque al igual que otras noches andaba, dijo, a salto de mata y no quería perder algo tan valioso. Mi hermano lo guarda todo en la memoria y yo, hasta hoy, conservo esa hoja con la cabeza luminosa de un dinosaurio mutilado, el manuscrito del relato más corto del mundo, de puño y letra, firmado por  Augusto Monterroso. Dice: Recuerde.

Acephale-x

Comentarios

  1. Si Jorge Arturo hubiera sido un niño (un niño cronológicamente hablando), Monterroso quizás, quizás, pudo haber escrito: Imagíne.

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  2. imaginemos aunque nuestra alma de niños viaje en cuerpos de adultos...
    y recordemos nuestras imaginaciones...

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