EDIFICIO SAN MARCOS

América al final de un domingo quieto, amatorio, su voz diciendo: quiero tener un hijo contigo.  Esa frase y no otra era la reconciliación momentánea, la alegría sedosa en alguien que había sufrido lo bastante como para poder relajarse ahora, en la quietud y seguridad de un apartamento empotrado en el segundo piso del Edificio San Marcos.   Verla ahí, doblando sus trapos, era suspenderse dentro de una foto de Paolo Roversi, una polaroid precaria que en la inconsistencia de la imagen que muestra muestra la esencia elusiva que todos queremos guardar como la más preciosa gema. Todo coincidía con la estética de Paolo: la luz, la media tarde, el aroma de su ropa recién lavada colgando de un lazo sobre nuestras cabezas, las sábanas limpias, sus calcetas de lana gruesa, el ovillarse entre la media docena de almohadas, quiero tener un hijo contigo dijo, y yo supe que en ese instante era feliz.
Más tarde (como siempre más tarde), la frase de América me relampagueó en la cabeza y tuve miedo, ese miedo inveterado que es patrimonio único de los que vivimos en la barbarie de esta ciudad, el estremecimiento que puede destapar el tonel de los demonios. Pero no lo destapé. Bastó con darme vuelta, ella estaba de espaldas y dormía, el pelo desparramado y su respiración sosiega de lago nocturno, de alma en santa paz. Me trajo de regreso. La abracé y me fui metiendo por el portón de los chisporroteos, avanzando hacia mi lugar entre los siete cabritos, en el molde de mi compañera, en otro sueño que me esperaba con su mecanismo loco de vuelo y tren, de caminata por el bosque y chamusca con aquellos que ya no están, de color y blanco y negro, todo al mismo tiempo.

Acephalex.

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