LA IRONIA DE LA COMUNIDAD

Ante la brutalidad de lo real no puede hacerse menos que desconectar el principio de realidad.  Por eso la gente anda en la calle con tanta indiferencia, con mucha indiferencia, con algo de indiferencia -como si la indiferencia se pudiera actuar, como si la indiferencia fuera una performance-, con cierta  indiferencia.  Como si la indiferencia fuera una figura retórica de sí misma. Como si la verdadera indiferencia no fuera total y justa, en su preciso instante, indiferencia plena y ajustada al momento, ajustada a lo que sucede aquí y ahora, indiferencia a secas. De otra manera sería fingir indiferencia.

Pero el gesto bruto de lo real se impone, y es de tal tamaño la imposición, tan desmesurada la brutalidad que es necesario ser indiferente a la misma altura, a la altura de las circunstancias, así como es el sapo es la pedrada. Y es imposible.  Por eso la indiferencia si es una performance, es una reacción que banaliza lo real porque la brutalidad, la violencia, el crimen, son tales que no se les puede alcanzar en dimensión. La indiferencia solo es posible como efecto de una curaduría moral. Es una performance porque, en realidad, para ser una verdadera reacción a la brutalidad, debería ser inconmensurable como la brutalidad misma. Y lo que permite vivir es la performance de la indiferencia ante la performance de la brutalidad.  El exceso innombrable de la violencia es demasiado, no podemos ni imaginarlo, por suerte.  Es por ello que la gente anda indiferente por la calle, pero en realidad, la gente anda crispada, aterrorizada y pegando alaridos sordos.

Vos sabés, salir a la calle es, efectivamente, salir a comprar el pan, pero es hablar con el panadero, mirar el titular de cada diario en la esquina, es encontrarse con otra gente, ver la tele, trabajar y calcular el gasto, felicitar por teléfono a tu hermana que vive en Xela, todo eso.  Todo eso mediado por el horror.  Por otro lado, salir a la calle todos los días es la prueba diaria de que aún estamos vivos, el test para lo que va quedando de nuestra humanidad, que no es otra cosa que nuestra capacidad para todavía aterrorizarnos.  Por eso la indiferencia no puede ser total. Lo primero es una forma perversa de lo que Hegel llamaba la eterna ironía de la comunidad, lo segundo tiene algo de un humor cruel que en ocasiones redime. 

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