EL DÍA DE LOS SANTOS





                                                                                                                                            
I

Miguel dice que Atitlán puede ser el nombre para la boca de una inmensa diosa ahogada, flotando, boca arriba, con las chiches hincha­das.  Puede que sea una pomada para nuestras penas o, como dicen otros, una cana al aire de la naturaleza.  Cualquier cosa.
Aquí en Atitlán vivimos un montón de gente en muchas casas, no tanta gente y casas como en la capital que yo vi cuando fui a la capital con mi mamá.  Según el profe, hay un prome­dio de siete personas por casa o rancho o cueva, sin echar en cuenta los animalitos, con los cuales la pobla­ción se eleva al cubo, o sea multiplicar tres veces.
Hay muchas cosas que se dicen, que Atitlán es el lago más bello del mundo, que es un paraíso para los turistas, que la gente de aquí es amable y hospitalaria, que somos esto y lo otro, sólo cosas buenas. Por eso yo caigo en la duda cuando el pastor dice que los atitlanécos somos des­cendien­tes de un pueblo bendito y después, de un día para otro, ya anda diciendo que somos como los hijos de Sodo­ma, sucios, llenos de pecado y malditos para siempre.  Ustedes no escar­mien­tan, dice, si seguimos así nos va a pasar lo mismo que a nuestros prime­ros padres, a pesar de la miseri­cor­dia de Dios, a pesar de las últimas e in­útiles glorias y del llorar y del crujir de dien­tes. Hace como que está enojado y regaña a la gente diciéndo­les fari­seos.  Me cae mal porque se pone a mascar chicle cuando predica y no se le entiende nada, más cuando habla en lenguas.  Aunque la verdad no es sólo él a quien no se le en­tiende, hay algunos turistas que hablan idiomas bien raros y no se les entien­de y uno tiene que venderles con puros ges­tos.
El pastor y los turistas tienen sus lenguas, pero nosotros no nos quedamos atrás. Nos hemos inventado una forma para decirnos las cosas.  Los días tor­mentosos y la necesidad de fortalezas, dice mi papá, han hecho que busque­mos una forma de entendernos.  Nuestro idioma es idioma maya pero le hemos agregado una combina­ción de muecas, de medias pala­bras y apachadas de ojo que los de fuera no miran.
En donde nosotros vivimos es alquilado, la casa en la siembra ya no sirve.  Hay otros que tienen casas que les han dejado sus fami­liares o que son prestadas.  La mayoría de casas no tienen inodoro ni baño. Nosotros, por ejemplo, abonamos el cafetal.  Para bañarnos compramos en la tienda esos jaboncitos en oferta, las patojas que usan zapatos de tacón pasan reco­giendo por el sendero su piedrita pómez para los callos y nos vamos todos a bañar a la laguna.
Hoy no hay bastante gente que se baña pero en los días comunes y corrien­tes los que vienen de la capital se meten en la playa al ladito del muel­le y se enjabonan en donde noso­tros sacamos agua para tomar. Hasta que alguien llega y les dice que lean el rótulo y por favor que se vayan a bañar un poco más lejos; algunas veces se van, otras veces, por chin­gar sólo se ponen en las orejas sus Ipods que traen y se hacen los que no oyen.  Los grin­gos se van a bañar en la parte donde dice el profe cuando está a pija que va a tirar tiburones y piraña­s para que se coman a los gringos, y va a amaestrar a los tiburones para que nada más reconozcan la carne blanca como de pollo de granja y adonde vayan los grin­gos vayan las pirañas.  Dice que va a pintarrajear las paredes de la igle­sia para que se vayan a la mierda los gringos aunque se enoje el padre Félix.  El profe hace el mate de irse pero nunca pinta nada, por lo menos yo no he visto, tal vez se le olvi­da, tal vez no está tan bolo y le da miedo.
Nosotros con Miguel nos vamos a sacar pescados entre los riscos, nos bañamos y nos echamos clavados.  De día sólo los patojos nos metemos al agua en pelota, los grandes se meten cuando es de noche. Da vergüenza, dice mi papá, andar mos­tra­ndo a todo el mundo lo que ha de en­señarse nada más a quien uno quiere para que las maravillas del amor no se pierdan.
Los turistas al terminar de asolearse o cuando se bajan de los barcos se ponen a tomar fotos de los volcanes, de los güiros como yo y de las señoras que están lavando.  A fin de mes, sacan fotos de los bautizos que hacen los evangélicos y a noso­tros con Miguel nos gusta mucho ver a las pato­jas que se les pega esa especie de hüipíl largo y blanco cuando se salen del agua, se les miran bien marcados los bodo­quitos del pecho y todo el xunay.
En la noche los turistas se van a los bares, a es­cuchar música flamen­ca, música erótica, regetón.  A muchos el ritmo no les gusta y se salen, se van al Resort porque hay candelas y dicen que es más bonito para platicar.  Otros, tal vez, digo yo se salen porque no están bien bolos o bien enmari­guana­dos para ponerse a bailar des­calzos o con chancle­tas que les gusta usar y que true­nan como aplau­sos o igualito a los caites que nos obligan a usar en el desfi­le del quince de Sep­tiembre y que según el locutor de la radio Sololá son las mejor­es chan­cletas de Guatemala, hechas por una fábrica que queda en la ave­nida Petapa de la capi­tal y que también hace las mejo­res camas de espon­ja, que no se venden mucho, dice don Mi­guel, porque la gente no tiene dinero y son muy ca­lientes y para calenturas basta con la de uno y la de su mujer, dice. 
Mi papá siempre me anda regañando porque me la pelo mucho y hasta de memoria me sé los anuncios de la tele pero ni a patadas aprendo a contar, que regreso siempre con menos pisto del que debía y que soy un burro.  Lo que pasa es que con Miguel y Chus ajustamos para comprar tostadas o para tomar­nos una cerveza en escon­didas entre los tres.  A veces también se nos pega Chepe.  Cuando se viene Chepe compramos dos cervezas y a veces más porque aquél siempre tiene dinero y le gusta invitarnos.
Yo antes era bastante amigo de Chepe pero ya no me junto mucho con él; como no tiene su familia, siempre se queda a dormir en la calle o en la playa cuando no hay mucho frio. Dice Miguel que Chepe está aprendiendo malas mañas y que no es bueno que nos miren juntos con él porque ha agarra­do fama desde que aquél cana­diense barbudo y panzón que se hacía pasar por buena gente se lo llevaba a dormir en uno de esos hote­les grandes en donde no nos dejan entrar a ven­der.


II

Hoy es un día especial, es el primero de Noviembre.  Hay que guar­dar el respeto y por eso no hay mucha gente que se baña.  Estamos celebrando el Día de los Santos, o sea el día de las imágenes de los que están en el cielo.  Igual que en cuarto viernes, todas las señoras se van bien tempr­ano al mercado y regresan con un montón de flores en lugar de ver­duras y de las cosas para la comida.  Hoy como mañana son días especiales.  Hoy es cuando todo el pueblo se sube al cemen­terio a hacer los adornos y a poner las cande­las. Noso­tros nos venimos a adornar como a las ocho y media y en el camino pasamos enfrente de la escuela donde a esa hora se están jun­tando los dueños de las pensio­nes para ver cómo les fue en el año pasado.  Se juntan para platicar del resul­tado de sus nego­cios. Les gusta reunirse el Día de los Santos porque, igual que la gente, el tiempo se muere y se entierra y hay que empezar todo otra vez.
Con mi papá y mi mamá ponemos palmas y coronas en donde están mis abuelos y mis her­manos, les hacemos unos rezos y al mediodía com­emos con ellos.  A los abuelos les ponemos bas­tantes coronas y corozos y veladoras porque como son nuest­ros antepasa­dos entonces ellos nos dejaron un poco de lo que pode­mos vivir o sea el terreno que podemos cultivar.  Eso es lo que no podemos dejar en el olvido, como dice la canción, la tumba aban­donada no pode­mos dejarla.
Después del mediodía los grandes empiezan a tomar güaro y cerveza. El cemen­terio se pone bien alegre porque, según el gusto de las perso­nas, hay quienes pagan a la banda o a la marimba para darle una ofren­da a sus difun­tos. 
Mañana es espe­cial también, es el mero Día de los Difun­tos, hay la procesión y tres misas en la mañana y vienen más bandas y marim­bas a tocar.  Hasta en la tardecita la gente se baja a sus casas porque mañana es la despedida, a las once, doce de la noche todavía hay gente aquí.  Hay bas­tantes que vienen a despedi­rse porque se van a otros lados, a los Estados Unidos y les cuesta mucho regresar.  Por eso mañana hay más gente.
Cuando los grandes están chupando, nosot­ros con Miguel nos vamos a ver a las seño­ras que lloran mucho después que ador­nan, nos ponemos a jugar en las tumbas que están destapadas y a volar bar­riletes.  Según la tradición los barriletes les gustan a los difunt­os porque como son de varios colores dan alegría al cielo donde ellos están.  Hay quienes piensan que los bar­riletes sirven para mostrar el camino a los que se han muerto el año pasado.  Exac­tamente yo no sabría decir por qué hay muchas costumbres que nosotros no podemos entender bien cómo es, o sea que no sabemos de dónde vienen las raíces.  Son tradiciones tan anti­guas que no podemos perder nosotros aquí en Atitlán.
Más en la tarde, nos bajamos al pueblo.  Vamos a pasear, a chingar la pita y a ver tele en el restaurante de Nicole. 
Al regreso pasamos por la es­cuela y nos metemos a la clase de sexto donde están reuni­dos don Felipe, don Aparicio y los otros dueños de las pensiones que alqui­lan cuartos.  Tienen sus cuadernos que usan para apuntar la gente que viene y en el pizarrón hay un cuadro donde ponen los nombr­es de los países de los turis­tas.  Hacen las sumas entre todos: siete mil seiscientos cato­rce gringos, dos mil quinien­tos noventi­seis itali­an­os, novecien­tos setentitres de Holanda, ciento treiti­cua­tro mexicanos, doscientos setentiocho coreanos, ochenta de Israel, y así de varios lados.  Hacen eso porque han recibido clases en el Intecap y dicen que sirve para ver si les conviene levantar más cuartos.  Por jugar, se ponen a apostar a ver quién encuentra Singapur y otros países raros en el mapa que está al lado del pizarrón y casi siempre gana don Apari­cio porque en su pen­sión tiene un mapa igualito, sólo que más pequeño, y les pide a los turistas que le mues­tr­en dónde quedan sus países.  Luego empiezan a alegar: que los alema­nes, aunque son un poco raros, deberían venir más porque pagan bien y no moles­tan; los grin­gos-gringos son mandones y exigentes con la comida pero hay que aguan­tarlos porque siempre dejan más dinero en las mesas; los que vienen de Italia son muy escan­dalosos, entran a pija y ojalá no vengan tanto y que si vienen ojalá sean bien porta­dos; los japoneses dan risa porque se toman fotos hasta con los chuchos y no se les entiende, de veritas, ni mierda.  Alegan de todos los turis­tas.  Pero de quienes más alegan es de los que vienen de la capi­tal.  Doña Juana habla que son muy shucos y abusiv­os, que se van sin pagar y hay que ser prevenido y cobrar­les por adelan­tado, hay que vigilar bien cuando saquen sus cosas.  Don Felipe les cuenta que unos de la capital le hueviaron media docena de toal­las y un montón de fundas de al­moha­das, dice que se enoja mucho cuando se acuer­da, como que no supieran lo que es ganarse los cen­tavos, hijos de la puta que los parió, que discul­pen pero se le riega la bilis.  Hay que hacer lo que recomienda Doña Juana, aunque sea que justos paguen por pecadores; no se puede saber bien porque de todo hay en la viña del Señor, a quien debemos darle gracias por el negocio que ya no está como estaba en el tiempo de Ríos Montt y hay que dar gracias por todo, sea lo bueno o sea lo malo.
Cuando nos aburrimos de estar oyendo lo que hablan nos venimos de regreso al cementerio.  Mi papá me abraza y dice que ya estoy logradi­to y a vos mijo no te va a pasar nada y tenés que tomar una cerveza conmigo.  Mi papá dice que el güaro sirve para no acordarse de la forma en que los encapuchados mataron a mi hermano.  Yo pienso que el güaro es algo así como el paisaje de aquí, ¿cómo dijera?, tomar güaro es bueno, es como ponerle flores a las cosas que le pasan a uno.
Para no caer en la mentira, a mí me gusta chupar.  Mi papá pide más cervezas y nos da una a cada uno con Miguel y le dice a don Miguel que su hijo también ya está grande y don Miguel contesta que sí. Nosotros hacemos como que no nos gusta al principio pero nos tomamos hasta el culo de las botellas que han dejado los grandes.  Nos gusta chupar con Miguel porque no sentimos cuando cae la noche, encendemos las candelas que nos hemos robado de las tumbas, hablamos cosas de miedo y nos reímos un montón.  Hablamos cosas de mucho miedo y de lo que vamos a hacer si llegamos a grandes.  Hablamos bastante rato y creo que nos pone­mos bolos. Pero no nos podemos dormir, Miguel se va a ver dónde se fue su papá y yo tengo que estar despierto como ahorita que estoy cuidando que mi papá y mi mamá se levanten para irnos a la casa a traer las veladoras para mañana.

acephale



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