MI TAZA ROTA -Capilo.




Esta mañana rompí mi añeja taza, de té, de café, de jugo, de coca cola, de
cerveza, de sopa, de cualquier liquido que osara beber. Fue de una manera 
bastante estúpida como para no dejar de decir una grosería a voz en cuello. 
Era uno de esos tesoros que van tomando valor con el tiempo, era una taza 
normal, tal vez un poco grande, de porcelana y con un texto que decía 
"perfect coffee".
Era uno de los pocos objetos que me unían a aquel lugar y aquel tiempo en 
que viví solo durante cinco o seis años, uno de esos objetos de muda y 
cómplice afinidad que rozaba la categoría de familiaridad en el sentido mas 
estricto de la palabra. Recuerdo que llegaba cansado de la universidad y mi 
taza estaba a la par del lavatrastos, limpia o sucia, esperando el líquido
burbujeante de un poco de soda o el agua humeante, la bolsita de té y más 
tarde el azúcar en mi época más zen. Preparaba, me acomodaba y la apoyaba 
cuidadosamente en el vano de la ventana de mi apartamento aposentado en un
segundo nivel, mientras iba enfriándose un poco y yo fumaba mientras miraba 
hacia la calle, pensando una y mil cosas, mirando a la gente acercarse a la 
panadería que estaba a dos puertas de la mía, el sol caía, las flores 
rosadas de los arboles de la esquina iban naciendo, creciendo, envejeciendo 
y el viento de noviembre las desprendía de un soplo hasta hacer llegar 
algunas a mi pieza. El líquido dentro algunas veces reflejaba una luna 
plateada en las noches en las que las luces del barrio se iba apagando y los 
carros pasaban cada vez menos y el silencio era casi total de no ser por los 
motores que trabajan perpetuamente en alguna fabrica lejana de la que solo
llega un rumor apagado y exacto, sostenido y perturbador, mientras trataba
de saber que constelación era cual y de la que solo llegué a distinguir la
osa menor y tal vez sagitario, para perderme luego en tratar de imaginar 
distancias en años luz. Otras veces el contenido de la taza duplicaba el 
cielo natoso de una tarde de invierno que se iba oscureciendo al pasar de la 
tarde hasta que pesaba más el hartazgo de quedarme sin cigarros o de 
cansarme de estar de pie mirando lentamente hacia todos lados o cuando el 
humo va dejando un sabor amargo en la boca, un sabor pastoso y alquitranado 
o hasta que el sentido común regresa y se abre paso como una agenda que dice 
que para el día siguiente hay cosas que hacer y es hora de hacer las 
servidumbres: el cepillo de dientes espera, los trastos sucios en el 
lavatrastos, arreglar el tiradero sobre la cama que espera fría pero 
amigable, que de vez en cuando se siente como último recurso, como ese lugar 
a donde uno va a caer derrotado un día mas. La cama me tragaba, casi 
siempre sin preguntar nada, sin cuestionarme nada, la que hacía las 
preguntas difíciles era la almohada, la que a veces no dejaba de parlotear
sus cuestiones a mi oído. Decidía tirarla al suelo y dormir sobre mis 
brazos (nunca he podido dormir boca arriba, exceptuando estadios 
alcohólicos, por supuesto) o abrir el libro de cabecera hasta que me 
venciera o hasta vencerlo tristemente y luego caer en la cuenta de la 
pequeña tristeza de la perdida de otra realidad al cerrar la contratapa y 
despedirme de él posiblemente para siempre leyendo los créditos que leí 
antes de empezarlo.
A veces mi taza estaba en mi mesa de noche, esperando mi beso de tilo. Mi 
taza alguna vez fue florero, cenicero, y alguna otra cosa que ahora no 
recuerdo. Alguna vez la salve al vuelo, en un movimiento acrobático en el 
que no me importó perder un vaso o un cigarrilLo o derramar la comida en el
suelo con tal de poder rescatarla en ese momento fugaz en el que una cosa 
puede destrozarse en caída libre desde una altura pequeña relativamente, 
desde una mesa, de la altura de la mano.
El sonido de hoy en la mañana fue seco, casi nada, pero sacudió mi cabeza 
como si mil tazas, como si un hilo se hubiera roto de repente, cien 
canciones poblaron mi cuarto de pronto, los fantasmas de mis amigos se 
acercaron pronto a ver los ocho pedazos en los que se convirtió aquel trasto 
que casi nunca usaban como una muestra de respeto hacia mi. Supe que 
empezaba a perder algo que en un momento supe que perdía pero que luego fui 
olvidando en otro lugar en el que todo estaba más cercano y cómodo, sin 
tanta oportunidad para la soledad, para el anonimato, para no llorar porque 
nadie me veía y ademas porque el sinsentido no lo era tanto y parecía una 
constante con la que ya podía convivir. Un lugar en donde las horas pasaban 
grises y ocres, celestes y anaranjadas, a veces verdes. En donde los ruidos 
eran cotidianos, en donde siempre, al abrir la puerta en la noche, esperaba 
una sorpresa que nunca llegaba, una carta debajo de la puerta, una nota, 
aunque las tuve a veces, y era alegre ver aunque solo fuera una hoja de 
papel mal cortada con letras grandes y con una caligrafía estilizada que 
dejara de fumar tanto porque me hacía daño y también a mis vecinos. Una vez 
recibí una de las mas gratas al encontrarme una hojita de cuaderno arrancada 
casi a la fuerza, en donde se podía ver el razgado de dos grapas en un 
extremo y que con letra infantíl decía "¿Carlos quiere ser mi novio?, era 
Fernanda, la niña del tercer nivel.
Mi taza me esperaba paciente al lado izquierdo de mi teclado, rezumando te
verde, mientras el cenicero se colmaba y yo seguía emborronando hojas 
infinitas de note pad a las que casi siempre solamente alcanzaba a llenar de 
un extremo al otro del monitor y la selección de quinientas canciones giraba 
una y otra vez, hasta que el cansancio podía más y luego no sabía más que 
hacer conmigo y abría las ventanas para que un halo de aire fresco entrara a 
lavar mi reducto y despejara el humo que atoraba mi sentido y mis ideas y 
dormía luego de un pequeño hallazgo, cuatro o cinco palabras que resolvían
la noche, una frase entera que me devolvía la tranquilidad al menos por una 
noche, hasta que la inquietud me volviera a exigir la articulación de otras 
palabras que se acercaran aunque fuera minimamente a algo que quisiera decir 
o que nunca pensé, pero que se acercaron y pude atraparlas antes que la 
fugacidad me las arrebatara abruptamente.
Ahora recuerdo cada esquina de mi estancia, el ángulo del marco de una 
puerta en donde habitaba una gran araña que nunca me atreví a matar y que en 
época de frío yo mismo alimentaba, dejando cerca de su pequeño y redondo 
orificio tejido un zancudo o una mosca que yo mataba, ella me miraba desde
sus diminutos y brillantes ojos temerosos, aunque a veces el bicho muerto 
que yo le había procurado se quedara intacto hasta que menguaba poco a poco 
devorado por el tiempo.
Las termitas roían la puerta de mi habitación eternamente, y antes del 
invierno algunas salían y volaban dando vueltas en torno a la bombilla para 
luego caer semi fulminadas en una caída helicoidal donde yo las esperaba 
para hacerlas crujir finalmente en un pequeño giro de mi suela.
Mi taza atiborrada de pequeñas hormigas que bebían el resto mas dulce, y que 
yo apuraba a lavar mientras veía cómo el agua las arrastraba en un pequeño
vórtice, no sin sentir el cosquillear de algunas que ya habían alcanzado la 
altura de mi brazo y que sacudía para luego mirar como ya en el suelo 
caminaban buscando escapar erráticamente, después de un largo rato alguna 
caminaba en mi nuca o en mi oreja.
Tuve una jaula con una pareja de pericas que una amiga recomendó en mi casa. 
Al principio temblaban y respiraban agitadas cuando yo cambiaba el agua, el 
alpiste y el papel de periódico diariamente al levantarme, muchas veces se
cagaron en rostros famosos y eminentes. Luego, la tarea les pareció normal
y un tiempo después hasta gratas, cantaban cuando me veían asomar.
Alguien me sugiere una idea de qué hacer con mi taza rota: que la pegue y
que la tenga ahí como un adorno, pero yo dudo si dejarla ahí para recordarme 
que el tiempo se fragmenta y que aquel se ha roto ya.


-CAPILO

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