Sin duda, a falta de indicios suficientes debemos citar una sola época donde la forma humana se reveló en su conjunto como un escarnio decadente de todo lo grande y violento que el hombre pudo concebir. De donde hoy resulta, en un sentido completamente distinto, una carcajada tan necia como tajante, y la simple visión (mediante la fotografía) de aquellos que nos han precedido inmediatamente en la ocupación de esa zona no es menos horrible. Surgidos de las tristes habitaciones (lo decimos como si fuera el seno materno) donde todo había sido dispuesto por esos vanidosos fantasmas, sin exceptuar el olor al polvo viejo, lo más claro de nuestro tiempo se dedicó, al parecer, a borrar hasta la más mínima huella de esa vergonzosa ascendencia. Pero así como en otros lugares las almas de los muertos persiguen a los que están aislados en el campo, tomando el aspecto miserable de un cadáver semidescompuesto (en las islas caníbales de Polinesia buscan a los vivos para devorarlos), aquí, cuando un desdichado joven se entrega a la soledad moral, las imágenes de quienes se le anticiparon en el más agotador absurdo surgen con motivo de cada exaltación insólita, unen su senil suciedad a las más encantadoras visiones, hacen que los puros es-capados del cielo sirvan en unas cómicas misas negras (donde Satán sería el agente de policía de una comedia musical y los aullidos de los poseídos, unos pasos de baile).
Bataille, Georges.  LA CONJURACIÓN SAGRADA. 


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